Por José Manuel Gómez
El sistema internacional que conocimos —anclado en instituciones multilaterales, reglas compartidas y una hegemonía relativamente predecible— muestra signos irreversibles de fatiga. Lo que emerge en su lugar no es el caos, sino algo más incómodo: un orden transaccional, donde las grandes potencias negocian caso por caso, priorizan intereses inmediatos sobre principios y ejercen su poder con una discrecionalidad que hace décadas hubiera sido inaceptable ante la comunidad internacional.
En este tablero reconfigurado, la tentación es leer a las potencias medias —México entre ellas— como espectadoras de un juego que se decide en Washington, Pekín o Moscú. Es un error de diagnóstico. La erosión de las reglas no elimina el espacio de agencia; lo redistribuye. Cuando las grandes potencias actúan con mayor unilateralismo, el multilateralismo deja de ser un ideal decorativo y se convierte en herramienta táctica: los foros regionales, las coaliciones ad hoc y la intermediación institucional se vuelven mecanismos concretos mediante los cuales actores de segundo orden pueden ampliar su margen de maniobra.
La paradoja es que el desorden global favorece, en ciertas condiciones, a quienes saben tejer alianzas flexibles antes que a quienes dependían de la protección de un hegemón estable. [Países como Turquía, India, Brasil o Indonesia lo han entendido: no se trata de escoger bando en una nueva Guerra Fría, sino de operar como bisagras, capitalizando su posición geográfica, su capital diplomático y su capacidad de mediación para negociar en múltiples mesas simultáneamente].
Para Guerrero y para México, la lectura no es abstracta. Un país que insista en pensarse como periferia pasiva de decisiones ajenas renuncia a instrumentos reales de negociación —comerciales, migratorios, de seguridad— que este momento histórico, precisamente por su fragmentación, pone sobre la mesa. La pregunta no es si el orden liberal se erosiona; ya lo hizo. La pregunta es si sabremos construir la arquitectura institucional y la inteligencia diplomática necesarias para actuar como potencia media con agencia real, en lugar de resignarnos al papel de espectadores de un reparto que otros deciden.

