Dicen que después de la tormenta viene la calma, y con la calma debe llegar el momento de las reflexiones.
Simón nunca tocó tierra en Acapulco. Pasó de largo rumbo a Colima y Jalisco, y aun así el puerto quedó paralizado. Ahí está el problema: una ciudad no debería colapsar con la lluvia de un huracán que ni siquiera la golpea de frente.
El jueves 8 de octubre el agua convirtió en cauces la Escénica, la carretera a Puerto Marqués, el bulevar de las Naciones y el circuito de la Colosio. La corriente arrastró vehículos y hubo deslaves, postes caídos y viviendas dañadas junto a canales pluviales. El saldo preliminar de Protección Civil estatal fue de 150 negocios afectados, 60 vehículos varados, 20 casas inundadas y dos lesionados. Son cifras modestas frente a lo que vivió el puerto con Otis y John, y justo por eso incomodan: si esto ocurre con una lluvia sin impacto directo, ¿qué pasará cuando el golpe sea de frente?
Una ciudad que se inunda sola
Acapulco lleva décadas creciendo sobre laderas y cauces. Las colonias se extienden hacia los cerros, los canales pluviales se estrechan o se tapan con basura, y el drenaje fue pensado para una ciudad más chica y menos urbanizada. Cada temporada de lluvias expone lo mismo: avenidas que se vuelven ríos, mercados bajo el agua y familias que pierden lo poco que tienen.
Las tormentas no son el problema de fondo. El problema es que la infraestructura de la ciudad no se adapta a ellas. Mantenimiento de drenaje, desazolve de canales, control de asentamientos en zonas de riesgo y obra pública pensada para el agua son tareas permanentes. No se atienden con operativos de emergencia cuando el cielo ya está negro.
Sin transporte, a merced de lo que haya
Con las calles anegadas, el transporte público suspendió actividades casi por completo. Acabús ofreció traslados gratuitos y el gobierno estatal dijo haber dispuesto vehículos oficiales para apoyar a quien lo necesitara. Pero para muchos acapulqueños la realidad fue otra: quedarse sin forma de llegar a casa o al trabajo.
Quien esto escribe tuvo que subir a una unidad de la Guardia Nacional para poder moverse. Es una escena que dice mucho. Cuando la ciudad se detiene, la movilidad de la gente depende de lo que las fuerzas federales puedan ofrecer. Se agradece el apoyo, pero no puede ser el plan. Un puerto con 658,609 habitantes en su localidad principal y 852,622 en su zona metropolitana, según el Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI, necesita un sistema de transporte con protocolos propios para contingencias, rutas alternas y comunicación clara sobre qué servicio opera y cuál no.
La advertencia
Simón fue, en el mejor de los casos, un ensayo. Dejó claro qué falla cuando llueve fuerte: calles que se anegan, transporte que se apaga y ciudadanos que improvisan. Si la próxima vez el huracán sí entra por Acapulco, esas fallas no serán una molestia: serán una tragedia.
La pregunta para las autoridades estatales y municipales es qué obras, qué presupuesto y qué plazos tienen para que la próxima lluvia no vuelva a dejar al puerto de rodillas. La respuesta, hasta hoy, no se ha dado.

