Por Jorge Luis Falcón Arévalo
No te enredes en tus Redes.
En México, las redes sociales han dejado de ser canales de difusión secundarios para convertirse en el verdadero campo de batalla de la política. Su impacto va más allá de sustituir los anuncios de televisión; han transformado radicalmente la forma en que los candidatos construyen su imagen, cómo los partidos operan en campaña y cómo los ciudadanos deciden su voto.
La comunicación política mexicana pasó de los folclóricos mítines masivos, junto a vendedores de antojitos y aguas frescas con mantas, banderines y espectaculares en postes, fachadas y balcones; además, en las calles la algarabía era contagiosa. A una galimatías cibernética, en manos inexpertas.
Plataformas como TikTok e Instagram obligan a los políticos a dejar de lado los discursos acartonados. Para conectar con el electorado joven, los candidatos adoptan bailes, tendencias, detrás de cámaras y muestran sus vidas privadas a través de técnicas de storytelling (narrativas de vida).
El votante siente que interactúa directamente con el candidato sin intermediarios periodísticos. Sin embargo, estudios universitarios revelan que una alta interacción o millones de "likes" no se traducen automáticamente en votos, aunque sí garantizan mantener registros partidistas al dar visibilidad a partidos nuevos o independientes. Esta es una insana ilusión del votante y del votado.
Un candidato puede enviar varias propuestas de transporte a un joven universitario de Ometepec, Ecatepec, San Marcos o Petatlán y, simultáneamente, una propuesta de apoyo al campo a agricultores de Sonora, Atoyac de Álvarez, Sinaloa o Veracruz optimizando el presupuesto de publicidad digital.
Las campañas modernas en México operan con "granjas" de cuentas automatizadas (bots) para inflar artificialmente las tendencias, cuentas mixtas (cyborgs) y ejércitos de personas pagadas para atacar sistemáticamente a opositores o defender narrativas oficiales, silenciando el debate genuino.
Sin olvidar que, los algoritmos están diseñados para mostrar al usuario contenido con el que ya está de acuerdo. Esto encierra a los ciudadanos en "burbujas informativas", lo que radicaliza las posturas políticas en México y reduce el espacio para el debate intermedio y objetivo.
La rapidez con la que se propaga la información facilita la difusión de noticias falsas o videos manipulados -muchos creados ya con Inteligencia Artificial,- aunque se sepa o conozca el origen. Desmentir una difamación digital o deepfake toma días, pero el daño a la percepción pública ocurre en minutos y rara vez alcanza el mismo impacto
El peligro constante y latente en este nuevo circo digital es que el ciudadano común termine siendo solo un peón en un tablero diseñado por algoritmos y estrategas detrás de una pantalla. Creemos que elegimos cuando, en realidad, solo reaccionamos al estímulo que un cuarto de guerra programó para nosotros. La democracia no puede medirse en likes, ni el destino de una nación puede decidirse entre fingidos mensajes de amor familiar, o convocatorias a un pueblo sano, bailes de quince segundos y tendencias pasajeras, fastidiosas y ociosas.
Las redes sociales en México han democratizado el acceso a la política para candidatos con pocos recursos, pero a la vez han precarizado la calidad del debate público, convirtiendo la emoción, el escándalo y el algoritmo en los nuevos gobernantes de la intención de voto. Se cambió el contacto directo por la pantalla, pero no siempre para mejorar el debate, sino para abaratarlo.
Frente a la avalancha de pantallas, el único antídoto sigue siendo el pensamiento crítico, la memoria histórica y la capacidad de contrastar la realidad de las calles con la ficción de los monitores. Al final, el poder del voto sigue estando en las manos de la gente, no en los clics de un bot.
En este escenario hiperconectado, la consigna es clara si queremos salvar el debate público: no te enredes con tus redes.
P.D. 30 de junio “Día Mundial de las Redes Sociales”

